¡Aún hay más! Las necrópolis palentinas en la cuenca alta del río Pisuerga. Parte II.

6/15/2020 10:27:00 p. m.

Érase una vez una obsesión. No son fastuosas, no son accesibles en su mayoría, ni siquiera son mi tipo de camposanto favorito, pero las tumbas antropomorfas que horadan algunos de los peñascos de mi niñez, despiertan en mí una extraña fascinación. Tanto es así que no he parado hasta dar con las coordenadas exactas del perdido eremitorio en Quintanilla de Corvio (Palencia) desde que supe de su posible existencia.

Sí, eran complicadas de ver.
En estos últimos siete (¡siete! 😮) años de más o menos estudio que separan aquella primera entrega de esta ampliación de la misma, me he permitido el lujo de poder hacer una clasificación en base a la situación geográfica de los eremitorios rupestres palentinos, a falta de encontrar una de mayor calado científico. Sin embargo hoy me voy a permitir un lujo más: en vez de escribir acerca de las sesudas teorías arqueológicas y antropológicas que se barajan en torno a este tipo de enterramientos, puro misterio en su conjunto, voy a narrar un egotrip.

Necrópolis de San Vicente_ Quintanilla de Corvio (mapa)
Siglo V-VII (?)
Madrid, anno Domini 2013: yo recopilando toda la información que caía en mis manos sobre estas singulares fosas. Barajaba la idea de pasarme el verano por mi pueblo y sus alrededores fotografiando y documentando lo mejor posible estos lugares olvidados. 

En algunos de los textos que encontré hablaban de un eremitorio oculto o de muy difícil acceso cercano a Quintanilla de Corvio. Más allá de ese sutil apunte sobre lo recóndito, nada (que yo haya encontrado; pueden usar los comentarios para ilustrarme). ¡Qué mejor cosa que un reto para ponerse en marcha!

Como no hay quinto malo, que dirían en los círculos taurinos, a la quinta —en el verano de 2018— fue la vencida. En las cuatro visitas precedentes siempre había errado el emplazamiento. No sé muy bien porqué, posiblemente por una mala interpretación de algún mapa, me figuraba que la necrópolis tenía que hallarse entre las casas y la carretera comarcal CL-626, en medio del robledal que los separa. Sin embargo la ubicación exacta se encuentra a espaldas del pueblo, hacia el Este, en medio de lo que hoy son campos de trigo y tierras de pastoreo delimitadas por diminutos riachuelos y la Cordillera Cantábrica.

¿Qué cambió esa quinta vez de las precedentes? Cambió, en primer lugar, la compañía. Para esta ocasión me hice ayudar por mi amigo Javi, un neófito en la materia funeraria, aunque avezado en temas de montaña y senderismo. Le había dado mucho la turra con este eremitorio (pobre hombre) y a él le cuesta poco echarse al monte, así que formamos un buen equipo para llevar acabo esta hazaña.

En segundo lugar, encontrarnos con un vecino del caserón que nos ofreció indicaciones bien precisas para acertar con la localización geográfica. En las anteriores ocasiones había preguntado a otros habitantes de la zona y a todos les había sonado a chino el tema. Esta vez tuvimos mucha suerte porque no sólo nos indicó el lugar, también nos comentó que la advocación bajo la que se encuentra el lugar hace referencia a San Vicente, detalle que hasta el momento desconocía.

Por si fuera poco durante la interesante e ilustrativa conversación que mantuvimos, manifestó que él y su pareja habían llegado a contabilizar unas cincuenta tumbas en sus paseos por el otero que alberga el perdido eremitorio. Decirles que nosotros no llegamos a descubrir tantas; como mucho unas veinte y a veces echándole mucha imaginación al asunto porque el lugar estaba conquistado por la vegetación, y no queríamos mover la tierra de su sitio, no fuera a ser que le dé a algún investigador por explorar el yacimiento.

Debajo de esa maleza, créanme, hay tumbas, vacías (parecen), pero tumbas.

La zona está profundamente despoblada, aunque ese día parece que todo quisqui había salido de sus casas a dar un paseo porque al llegar a la loma donde teníamos que mirar, nos encontramos con un pastor y su rebaño. Como aún no habíamos atisbado ninguna señal antropomorfa, le preguntamos ¿sabe usted de unas tumbas en la roca que hay por aquí con forma humana? Acostumbrado a la soledad de su oficio, el hombre fue parco en palabras y replicó con un sencillo no. En sus tantos años de paseos nunca había visto ni había oído hablar de semejante cosa.

No hay peor sordo que el que no quiere oír, cuenta el refrán, y añadiría que ni peor ciego que el no que no quiere ver, porque tres minutos después de dejarle atrás, intuimos un extraño hundimiento en una de las faldas del montículo, de forma casi cuadrada, posiblemente una laura del desaparecido eremitorio, que hizo encender mis alarmas.

Ese hundimiento en la roca con forma de esquina...
Trepamos entre escaramujos y escobas y, desde arriba, ¡allí estaban ellas! sepultadas por siglos de hojarasca y abandono. El montículo que nos había señalado el vecino minutos antes desde su vivienda estaba, y está, lleno de tumbas antropomorfas. Todas de adultos, al menos las que pudimos ver.



Encontrando la forma tan característica de este tipo de enterramientos, quedaron despejadas todas las dudas de que ese era el lugar.
Porque la mayoría de las veces se trataba más de un ejercicio de imaginación que otra cosa.

Se pueden imaginar la ilusión que nos hizo: abrazos, gritos, saltos, sonrisas, euforia... (y posterior celebración nocturna en nuestro pueblo con cerveza y sidra).

Realmente esta fue la primera tumba que intuímos.
Y esta la segunda, ya completa.
Y ésta la prueba definitiva de que era la X marcada en nuestro mapa del tesoro.
Estuvimos un par de horas intentando encontrar el mayor número de antropomorfas posible, pero era complejo entre lo accidentado del terreno y la cantidad de vegetación que se había hecho con la colina. Al mirar a mi amigo Javi comprendí que tal vez la mejor forma de que entendiera lo que allí había en realidad era llevarle a otro eremitorio de estas características, uno con el trabajo arqueológico hecho. Y de esta guisa nos fuimos al más cercano, al de San Totis de Corvio y, oh, fui yo la que se llevó una agradable sorpresa...

Antes de cerrar este capítulo, unas cuantas fotos más del descubrimiento.









Necrópolis de San Totis o Santiuste_ Corvio (mapa)
Siglo VIII-XI (?)
Empezaba a esconderse el sol por el horizonte cuando conduje hasta Corvio para enseñar a mi amigo lo que son las tumbas antropomorfas. Lo bueno del verano es que anochece tarde y aún pudimos disfrutar de un buen campo lleno de antropomorfas antes de que oscureciera del todo.

Normalmente las cabezas de las tumbas apuntan hacia Tierra Santa, esto es, con los pies hacia el Este, pero no hay reglas sin excepción.

Esta vez la sorpresa mayúscula, como les comentaba arriba, me la llevé yo. Siempre me había fijado en el montículo más visible de San Totis, pero poco más. Fue Javi el que se dio cuenta de que más allá de la parte evidente del yacimiento había un montón de tumbas diseminadas por todo el campo, escondidas entre las hierbas.

Les dejo con unas cuantas fotografías más para completar aquellas que compartí con ustedes en la primera parte de esta serie de posts.







Con esto doy por conclusas las entradas dedicadas a las necrópolis antropomorfas de la cuenca alta del río Pisuerga. Eso sí, todavía me guardo en la chistera unos cuantos posts más sobre estos característicos enterramientos medievales de tipo olerdolano situados no muy lejos de estos.

Permanezcan atentos a sus pantallas.
Cal.

De la misma serie_

  • Eternidad Pétrea. Las necrópolis rupestres palentinas (I). La cuenca alta del río Pisuerga (link).


Notas al margen_
Las coordenadas de los mapas son orientativas. Muchos de los eremitorios (sobre todo este que protagoniza el post) no están señalizados. La mayoría de las veces las necrópolis están situadas a las afueras de los núcleos urbanos, con que lo ideal para poderlos visitar es llegar hasta el pueblo más cercano y allí preguntar al lugareño de turno.


PD. Sé que ando muy desaparecida, pero también sé que tengo la mejor excusa del mundo para estar offline. Disculpen tanto silencio durante tanto tiempo.

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